lunes, 23 de marzo de 2009

Anatomía del silencio (Teoría de una excusa innecesaria)

Sí, una palabra que, como todas las
demás, sólo con otras palabras
puede ser explicada, pero,
como las palabras que intentan
explicar, lo consigan o no, tienen,
a su vez, que ser explicadas,
nuestro discurso avanzará sin rumbo,
alternará, como por maldición,
el error con la certeza, sin dejar ver
lo que está bien de lo que está mal.
JOSÉ SARAMAGO, El viaje del elefante
.
Lo más conveniente sería, sin duda, callar. Agachar la cabeza. Fingir que la culpa es de esta cojera que a los cinco pasos ya me tiene caminando en círculo. Recordar mi tendencia al coma glucémico y alejarme, moviéndome lentamente hacia atrás, con claras muestras de dolor. Pero eso lo he hecho antes, sin mayores resultados; siempre se vuelve, quizá por la cojera antes descrita. Todo nos lleva de nuevo al punto de inicio, a la página en blanco, por más puntos aparte o puntos finales. Larga fue la espera, y dudo de que haya valido la pena.
Y aquí estoy nuevamente. Un romano del siglo IV a.C., escapado de las fauces del terror y de la angustia mortíferos, superviviente quasi sempiternum del fracaso y del olvido, dispuesto a escribir para volver a equivocarse, pues equivocación sigue siendo asimismo no errar.
Compuesto de infinitas posibilidades, el silencio es la más completa de las afirmaciones, y mucho he indudablemente afirmado en el tiempo transcurrido desde el 25 de julio del 2008, cuando, encontrándome de viaje, publiqué la última entrada de este blog. Vengo dispuesto a reincidir, luciendo otra vez la palabra previamente empeñada (la dejé a ella, ya que mi toga poco vale[*]) a cambio de meses de vagancia.
Pero ¿podéis imaginaros cuánto vale una palabra empeñada cuando se la quiere recuperar? El hábil prestamista la guarda en un rincón y cuando volvemos a buscarla, arrepentidos y esperando que nadie más la haya adquirido, nos pide el doble de lo que pagó. Si hay algo que los negociantes tienen entre ceja y ceja es la tendencia del hombre al error, de allí su provecho.
Sin embargo, ya es hora de terminar. Sobre el teclado volcado, los hados proveerán en un futuro no muy lejano silencios enormes como el megaron de los palacios itacenses y palabras diminutas como pulga de pigmeo. Y unos y otras serán perseguidos por errores, pues tal es la naturaleza de lo referido y de lo no referido, sea lo que sea.
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[*] No quedan ni mínimos jirones del blanco original. El jabón de Cuchliniae, único adecuado para el aseo de la vestimenta imperial, no abunda por estos lares.

2 comentarios:

Chopán dijo...

nada qué hacer, escribes muy bakan... wow, no has posteado desde Julio del 2008!! cómo pasa el tiempo!! a ver si no sólo vuelves al blog sino que vulves a asomar otra vez

cuídate...

chopan!

n dijo...

pues sí, yo concuerdo con el panchis en las dos cosas. tus escritos son muy bacanes de verdad que sí; y que ya te asomes pues amigo. Oye el domingo te vi en conocoto, eras tú o una vez más estoy viendo los alter egos de mis panas???
saludos conocotenses